
El arroz bomba que hay ahora en la bolsa se sembró el 12 de mayo de 2025 y se segó el 22 de septiembre: 133 días de ciclo, casi todos con el campo cubierto de agua. El sitio es el marjal de Sueca, la llanura de humedal que se extiende al sur del lago de la Albufera de Valencia.
Un arrozal no se riega: se inunda. La lámina de agua, de pocos centímetros, hace dos trabajos a la vez. El primero es térmico: el agua tarda más en calentarse y en enfriarse que el suelo, así que la planta vive con menos sobresaltos de temperatura. El segundo es de limpieza: casi ninguna hierba de secano aguanta semanas anegada, y el arroz sí. El control de las malas hierbas lo hace el agua, no la azada.
Con esa lámina en pie pasó el verano el lote ARR-2025-007. El ciclo se cierra al revés de como empieza: unas semanas antes de la siega se abren las compuertas y el campo se vacía. El suelo se agrieta, la planta amarillea y el grano termina de perder humedad al aire. Sin esa desecación no entra la cosechadora: con barro, ninguna máquina trabaja. Cuando el grano está en su punto, se siega — en este lote, el 22 de septiembre.
De la cosechadora a la bolsa
Lo que sale del campo no es el grano blanco de la cocina. Es arroz con cáscara, lo que en la zona llaman arroz cargo: cada grano va envuelto en su gluma, que lo protege de golpes y de humedad. Así se seca y así se guarda. Solo cuando toca moler, la cáscara salta.
Ese trabajo lo hace el molino de Sueca que nos surte, Arrossars de la Ribera: pela el grano y lo pule hasta dejarlo corto, redondo y perlado, que es como reconoces un bomba. De ahí sale ya hacia la bolsa de un kilo.
En casa, la misma lógica que en la secadera: seco y cerrado. Una vez abierta la bolsa, pasa el arroz a un tarro hermético y aléjalo de la zona de vapor de la cocina. El grano perlado aguanta bien el tiempo; lo que no aguanta es la humedad del ambiente, que lo apelmaza y le roba el olor limpio de recién molido.
El lote que se segó aquel 22 de septiembre es el que estás cocinando ahora: el arroz bomba de un kilo.